Él no me llama casi nunca.
Hubo algún tienpo donde me llamó a veces. Eso sí.
A pesar de todo, lo considero bastante normal, ya que él y yo no teníamos ninguna relación. Nada. Sólo cogíamos esporádicamente.
Él a mí me gusta a veces sí y a veces no. Se podría decir que hay una relación casi directamente proporcional cuánto me gusta y cuánto me llama.
Es raro, eso sí lo que me pasa con él.
A mí antes me gustaba más que la cresta y eso que él nisiquiera me miraba.
El primer día de clases de mi primer año en diseño lo vi y me encantó y deseé que por favor por favor por favor todos los niños que esa Facultad fueran así de bonitos.
Obviamente el deseo no se me cumplió (salvo por dos o tres) pero el destino fue más cruel aún: me puso a este chico lindo de monitor de taller.
Y para los que han estudiado o conocen gente que estudie diseño, saben que el taller es el ramo más pseudo-importante y en el que gastas más tiempo y el con más horas de clases.
Así que ahí estaba él, cada martes, cada jueves, toda la mañana, de nueve a 2 de la tarde, enfundadito en su ropa, su corte de pelo y su actitud fashionista.
Yo, que era una chica provinciana de 17 años recién llegada a la cuidad (léase una pendeja fácilmente impresionable) lo adoraba, lo juro.
Con el tiempo lo conocí y agarramos muy buenas ondas y me di cuenta que tan tan maravilloso no era y se me pasó el gusto y él se fue de la facultad así que también del monitoreo y no lo ví más.
Hasta hace más de dos ya.
Me lo encontré en el súpermercado que quedaba cerca de la casa de mi ex. Mi ex ya era mi ex, pero yo igual me quedaba allá porque no tenía casa y mi ex escondía su aún ardiente deseo con la caritatividad que yo necesitaba.
Saludo con sorpresa, abrazo, puesta al día. Él vivía cerca.
- Pololeando?
- No, y tú?
- Tampoco…
No sé con qué cara nos miramos, pero la próxima vez que nos encontramos terminamos encamados. Y yo que hallaba que tener sexo en la primera cita era lo peor de lo peor.
Eso sí, no me voy a explayar con mi rollo del sexo-o-no-sexo por que al momento no viene.
Siguiendo con la historia, el resto de las semanas nos seguimos viendo. Algunas semanas harto, otras poco. Siempre follando con la misma intensidad; siempre él comportándose de una manera tan perfecta; tan sutil a veces, tan fuerte y decidido siempre. Justo lo que necesitaba. Eso fue los primeros seis meses. Luego los encuentros se espaciaron a una vez al mes, a ratos menos, a ratos más. Sí debo decir que durante los dos meses de relación con Matías Villa no me junté ni una vez con él.
Emocionalmente no nos involucramos. Eso es raro porque a ratos pienso que teníamos todo para hacerlo, pero por alguna extraña razón yo sabía que no había que hacerlo no más. Como una regla no escrita. Un acuerdo tácito que decía que podíamos hacer cualquier cosa juntos, como mirar películas abrazados, cocinarnos o improvisar picnics en el parque. Así como también podéamos hacer cualquier cosa separados, como besarnos, enamorarnos y/o follarnos a quien fuese.
Debo admitir, en todo caso que lo quise. Lo quiero.
Pero no en ése extraño sentido del querer como cuando eres pololo y lo único que quieres es estar con el oro y poseerlo y la vida juntos y huevadas así. Lo quiero por ése cariño entrañable que tiene la gente cuando pasa mucho tiempo junta compartiendo cosas. Nunca nos propusimos ser novios ni nada por el estilo, pero siento que logramos conectarnos por otros lados.
Como cuando dormíamos abrazados, o cuando conversamos algunas cosas importantes.
Ahora último, lo he visto bien poco. Igual, tengo la sensación de que siempre está ahí.