Él me esperaría en la entrada del MAC. Cuatro en punto.
Yo camino hacia el MAC a las 4.02 minutos. Siempre está la opción de que sea un impuntual, y en ése caso no pretendo esperar demasiado.
No lo veo. Estoy nerviosa.
De pronto, se levanta una figura sentada en las escaleras, tapado antes por las rejas del mismo museo, y camina hacia mí.
Es rubio (eso ya lo sabía), cara de cuico (eso también) y muy alto (eso también lo sabía, pero no pensé que tanto). Mide como 1,88. Lo observo de pies a cabeza: Claro que me gusta. Me encanta él y su camisetita a rayas naranjas y azules con gorrito y manga tres cuartos. Me encanta él y sus lentes (que no son los típicos de “neointelectual”, esos de marco grueso, sino unos modernos pero más simples). Camina bonito. Sorpresa, también habla como un cuico, pero decido que eso no me importe demasiado.
Creo que me gusta. En un momento dejo de poner atención a lo que él dice y noto que tengo revuelto el estómago. Claro que me gusta, me digo a mi misma, pensando que si lo acepto se me pasarían los nervios, pero no: El dolor de guata continuaría toda la tarde. Y la noche.
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