Los Rodríguez son dos, y viven conmigo. Compartimos departamento hace dos años. Son como mis hermanos, me apañan y los apaño. Uno es más grande que yo por nueve años, y el otro más chico por uno. El más chico me llama “hermana”. Yo los adoro y ellos me adoran a mí. Nos cuidamos todo el tiempo.
Llega a mi departamento uno de los rodríguez. El otro está durmiendo, y yo estoy con mi amigo el Talentoso señor esténcil. Él me llora sus penas de amor y yo le escucho atenta. El rodríguez mayor aparece por la puerta hablando fuerte, gritando cosas, moviéndose de un lado al otro.
Con el Talentoso señor sténcil nos miramos. Él no es así de ruidoso nunca. Algo anda mal. Se pasea de su pieza al living, una y otra vez, nos cuenta algunas cosas, no sabemos de qué nos habla, pero habla, habla y habla. Dice puras cosas que no somos capaces de entender. Entra y sale de su pieza, del baño, mueve las manos, se sienta con nosotros, luego se para.
De nuevo se sienta. Abre un paquete. Es cocaína. Suficiente para un grupo. Nunca la he probado, pero he visto varias veces a gente consumiendo. Me parece feo y violento. No me gusta cómo se pone la gente. De más está decir que no me gustó ver a Rodríguez mayor en ése estado. Así, jalado, duro, puesto, o como le digan.
Nos cuenta que se la regaló su jefe. Que necesita consumirla toda esa misma noche. Que de otro modo quien se la regaló luego le pediría de vuelta. Yo le pregunto cuál es el problema con eso, con que se la pida de vuelta. Y él me explica que en el código de jaleros existe una serie de normas que implican que a quien te ha dado, debes darle de vuelta, y que si le das una vez, luego tendrás que volver a darle otra y otra vez. Nos dice que tenemos que deshacernos de ella. Yo le digo que “deshacernos es mucha gente” y que mejor la bote por el excusado o que la venda y así me regale alguna cosa. Él me dice que no, que hay que consumirla y a continuación nos ofrece a los dos, mientras con su pase del metro filetea cada línea con la maestría de quien lo ha hecho muchas, muchas veces.
Nos cuenta que él tuvo una época donde situaciones como ésta eran pan de cada día. Detalla cada aspecto del efecto de un jale. Nos vuelve a ofrecer. De algún lado saca una pajita del mac’donalds. El Talentoso señor esténcil acepta, dice que es su primera vez y quiere saber qué se siente. El rodríguez mayor nos dice que sí, que mejor que la probemos ahí, en confianza y así sabemos de qué se trata y no andamos probando en lugares inseguros. Nos explica que el paquete que le regalaron es de incríble calidad, que él consumía en el caribe cuando vivió ahí y que sabe de lo que habla. Me preguntan si quiero y yo insisto en negarme. Me niego por media hora, quizás más, pero luego accedo pensando en que: (a) estoy con dos personas que quiero y confío, no podría salir mal, (b) en cualquier otra situación esto podría salir pésimo, (c) probablemente no me guste, así que no saldré adicta, (d) en el caso de que sí me guste, estoy lejos de tener el dinero y los recursos para consguirla, (e) no hay alcohol y es demasiado tarde para salir a comprar así que no haré la mezcla maldita, (f) en el peor de los casos, Rodríguez menor está durmiendo y puedo contar con despertarlo y pedirle ayuda, (g) tengo que probar las cosas alguna vez, no?, (h) la droga es de buena calidad, así sé que estoy probando eso y sólo eso y no cal, harina o benzodiazepinas molidas.
Todos jalamos. Dos líneas cada uno, y aún queda más de la mitad. Yo comienzo a sentir un hormigueo en la nariz, como mocos. Me sueno una y otra vez, pero la sensación no se va con nada. Luego, viene la sed. Tomo agua, lleno el vaso cada no sé cuánto. Pierdo la noción del tiempo.
Rodríguez mayor nos cuenta que nos van a dar ganas de hablar, que nos subirá una suerte de soberbia, de egolatría y nos pondremos extrovertidos. Cosas típicas, nos dice. Él y el Talentoso señor esténcil hablan de cosas. Yo no escucho, yo estoy concentrada esperando identificar los efectos, los mocos los siento colgando, pero me toco y no tengo mocos ni en la nariz, mi mandíbula parece una castañuela tocada con una furia insospechada, Paco de Lucía estaría asombrado, escucho que hablan, pero no identifico las palabras, estoy sacada, tengo frío, tengo ganas de salir a correr por las calles, me voy a mi pieza, me cambio de ropa, veo que ellos hablan pero me siento invisible o por lo menos muy lejos de ellos, quiero salir, miro mi bicicleta con deseo y algo murmullo al respecto, pero ellos no me escuchan porque estoy invisible o por lo menos muy lejos, la nariz sigue hormigueando, la mandíbula castañueleando, nada me parece bien. Tengo angustia. Nada de lo que me dijeron que pasaría sucede. Ellos discuten, yo estoy sintiéndome tan invisible, tan pequeña, quiero ser contenida, quiero que me quieran. Voy a la cama del Rodríguez menor y me siento a sus pies, lo miro dormir tres horas o cinco minutos, y no lo sé porque no tengo noción del tiempo.
Agarro mi celular.
- Daniel… estás despierto?
- Sí, estoy en imprenta. El diario, tu ya sabes.
- Sí.
- ¿Pasa algo? ¿Por qué me llamas a las cinco de la mañana?
- Estoy angustiada. Necesito un abrazo. ¿Me puedo ir a tu depa?
- Estoy en imprenta. En Pajaritos, ni siquiera sé qué paradero. ¿Qué pasó?
- Jalé.
Me reta por un minuto o diez, no tengo noción del tiempo. Me pregunta varias veces por qué lo hice, yo le digo las razones de la a a la h y él se queda callado un rato. Yo escucho mi propia respiración acelerada y él no dice nada.
- Te llamo cuando llegue a la casa.
- ¿De verdad puedo dormir en tu casa?
- Sí. Ándate en taxi. Te llamo para avisarte.
Me despido y cuelgo. Rodríguez mayor y el Talentoso señor esténcil siguen conversando y discutiendo y yo sigo siéndoles indiferente hasta que el primero me ofrece jalar más, no sé si antes o después de la llamada, pero yo acepto pensando que quizás si lo hago de nuevo me pongo en el mismo estado que ellos y lo hago, pero no pasa nada, sigo angustiada, me duele el pecho, no sé qué hacer, me cambio de ropa de nuevo, la otra me molestaba y ellos siguen conversando y discutiendo y hablan fuerte y parece que no les importa, y yo en algún momento me dejo de hacer la invisible y ellos se dan cuenta que no hablo y me preguntan que me pasa y les digo que estoy angustiada y que quiero dormir y no tengo sueño.
Entonces, Rodríguez mayor saca un porro y yo se lo agradezco de todo corazón y me lo fumo, casi entero, les doy poquito y por cada calada que voy dando me digo a mi misma “por favor vuelve a un estado conocido”, y de pronto me da sueño y me siento bien, entonces me voy a acostar y sigo repasando el diccionario porque estoy leyendo la letra f (ya contaré por qué) y me quedo dormida.
Al otro día, que fue jueves, despierto con la caña más horrible y angustiosa de mi vida. Me duele tanto la cabeza que creo que me voy a morir. Duermo todo el día. En la noche me levanto, le escribo una carta a Matías Villa y voy al cyber.